Queridos amigos,

Tenemos el placer de estrenar nueva colaboradora en el blog: Raquel Villaescusa, doula, coach familiar sistémico y acompañante de procesos de cambio que he tenido la suerte de conocer gracias a nuestra asociación de crianza. Podéis leer un poquito más sobre ella en la sección de colaboradores en este link o seguir su trabajo en su página de Facebook.

Se estrena con este artículo que nos propone una interesante reflexión que estoy segura de que os encantará.

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¿Comprendemos a los niños o nos refugiamos en un supuesto diagnóstico que nos evita a los padres formularnos preguntas personales?. La cuestión es que lo peor que le puede pasar a un niño es que sus papás no lo sientan.

Las madres y padres y los hijos estamos fusionados emocionalmente. Pero si nos asustamos por la intensidad emocional que demanda el niño o nos dejamos llevar por el resto de demandas de nuestra vida cotidiana, desconectamos de esta fusión; no les estamos sintiendo, y nuestras respuestas no son las que los niños esperan. Entonces ellos siguen llamando nuestra atención cada vez de forma más desesperada, hasta llegar a un punto en el que se portan mal o desarrollan conductas extrañas, porque al menos así llamarán nuestra atención. Claro que no presta atención en la escuela, ¿acaso es importante eso cuando papá y mamá no me sienten? El niño se porta cada vez peor, por lo tanto será derivado a una psicopedagoga que lo derivará a un médico que lo derivará a un neurólogo y en breve el niño será medicado.

La cuestión es que tenemos un ejército de niños medicados. Basta preguntar el porcentaje de niños que toman medicación en cualquier escuela de cualquier estrato social. Una vez que el niño sea calmado a fuerza de medicación, ya no intentará obtener nuestra atención y preferirá aislarse para no sufrir. Nosotros entenderemos que sigue enfermo y continuaremos con su tratamiento. Los colegios necesitan niños calmados porque si no no pueden enseñar y el sistema nos arropa y nos reafirma en la necesidad de diagnosticar y medicar para que nuestros hijos estén integrados y nosotros más tranquilos y pudiendo seguir con nuestras vidas. Niños medicados, adultos calmados.

Pastillas

Foto de Jonathan Silverberg, cortesía de Flickr

Es ahí cuando madres y padres podríamos preguntarnos qué nos ha acontecido durante nuestra propia crianza para comprender por qué no podemos siquiera acercarnos a las demandas de nuestros hijos.

¿Qué pasará en el futuro? Es pronto para saberlo. Pero podemos pronosticar mayor desconocimiento de nosotros mismos, menor conexión con las realidades emocionales y menor entrenamiento para formularnos preguntas personales frente a las dificultades cotidianas.

Por ello revisémonos, revisemos nuestra infancia y nuestros propios padecimientos, nuestros patrones educativos, nuestros valores, lo que proyectamos a nuestros hijos. Sanémonos y observemos cómo hemos aprendido a desoír nuestros propios gritos de dolor, siendo por ello que no somos capaces de escuchar los de nuestros hijos. Criemos a nuestros hijos desde la toma de conciencia, la atención plena en la presencia, la escucha activa en el aquí y el ahora, el perdón, el permiso y el respeto. No les enseñemos que los sentimientos se tapan con pastillas de colores.

Raquel Villaescusa

 

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Mil gracias Raquel por este estupendo artículo, espero que este sea el comienzo de una bonita colaboración a largo plazo. Un abrazo enorme!

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