Queridos amigos,

Hoy traemos un nuevo artículo de nuestra estupenda colaboradora Maria Elena Rubio, de www.eneacoachingpsicologia.com . Si te perdiste el anterior te invito a leerlo en este enlace y también a que sigas su trabajo en página de Facebook. 

Ahí va su reflexión de hoy!

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Cuando era pequeña lo normal, cuando me caía, me hacía daño o sentía miedo, mis padres y todos los adultos a mi alrededor me decían: “Ya está, ya pasó… no es nada, venga, cariño que ya ha pasado…” y un sinfín de frases que seguro que os resultan familiares.

Y nunca me planteé nada sobre esto. Yo lloraba o me disgustaba un rato y después “se me pasaba”, como me habían dicho mis seres queridos, con la mejor de sus intenciones, para que se me pasara rápido.

Con el paso de los años, y tras mi preparación en psicología infantil, me quedó muy claro que esta no es la mejor opción. Con esos “Ya está, no es para tanto…”  le quitamos valor a lo que sienten. El mensaje que les queda, de forma más o menos inconsciente, es que lo que yo siento no es importante.

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Y lo he tenido claro, y así lo explico en los talleres para padres que imparto o en los mensajes que traslado en las redes sociales. Y lo he aplicado también en casa, poniendo palabras a sus emociones que tal vez sean nuevas para ella, sin tratar de restarle importancia. “Vaya, te has debido hacer daño al caerte”, o “Parece que has sentido miedo al escuchar ese ruido tan fuerte” y un largo etcétera.

Pero hace dos días me di cuenta de que de vez en cuando, también le enviamos otros mensajes: me di un golpe en el brazo, pequeño, pero molesto. Ella debió mi cara de malestar y entendió que me había hecho daño al llevarme la mano al brazo golpeado. Entonces ella se acercó a mí y me dijo con cariño y acariciándome el brazo dolorido: “No pasa nada, mamá”.

En ese momento sentí principalmente dos cosas. Me molestó que me dijera eso, porque realmente me había dolido el golpe. Y entendí cuán molesto y frustrante debe ser para ellos decírselo continuamente. Y también sentí cierto miedo. Seguro que yo le he dicho ese “No pasa nada, cariño” más veces de las que quisiera y recuerdo, y también lo habrán hecho otras personas cercanas y queridas.

Y fui aún más consciente de lo fácil y rápido que les influimos. Debemos concienciarnos que somos su espejo. Que todo lo que hacemos y nos ven hacer, lo repetirán. Para lo bueno, y para lo malo. Así que si queremos que nuestros hijos “sean mejores” que nosotros, al menos que sean mejores en esto de gestionar las emociones, esa asignatura pendiente en nuestras generaciones, tal vez tengamos que trabajarlo mucho más.

Conócete mucho mejor, date licencia para sentir y aprende a gestionarlo sin ocultarlo ni aparcándolo a un lado.  Será el mejor ejemplo que le podamos dar a nuestros hijos. Para algunos, lecturas o cursos / talleres sobre inteligencia emocional les ayuda a encontrar este camino; para otros, la ayuda profesional de un psicólogo en terapia es la mejor vía para conocerse y desarrollarse como persona. En tu mano está escoger alguna vía y comenzar el camino.

¡Muchísimas gracias Elena por su excelente colaboración!

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