Queridos amigos,

Hoy traemos un nuevo artículo de nuestra estupenda colaboradora Maria Elena Rubio, de Enea Coaching Psicología. Si te perdiste el anterior te invito a leerlo en este enlace y también a que sigas su trabajo en página de Facebook. 

Ahí va su reflexión de hoy!

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Al igual que en otros muchos temas, hay una   sobre cómo afrontar la frustración en nuestros hijos. En generaciones anteriores, nuestros abuelos y aún algunos padres (siempre generalizando) no tenían en cuenta si sus hijos se frustraban o no. Esto se hace así porque yo lo digo y tiene que ser así por tu bien, y punto. Ya llorara el niño o pataleara.

En las últimas décadas se ha dado la vuelta a la tortilla completamente. Existe la peligrosa creencia de que el niño no se puede frustrar, ya que le implica sufrimiento. Y como vivimos en una sociedad hedonista donde el sufrimiento hay que evitarlo por encima de todo, en seguida le ayudamos a solventar el problema, a abrir el bote de mermelada, a poner la pieza en el puzzle, a hacerle los deberes, a subir a lo más alto del columpio… y os invito a vosotros a seguir poniendo ejemplos, que podrían salir hasta el infinito… (y más allá).

Lo que generan estas posturas tan enfrentadas no es positivo. En el primer caso, y sumado a otros mucho factores que acompañan al estilo paternal autoritario, hay varias generaciones con la autoestima muy devaluada, con grandes inseguridades (nunca pudieron tomar decisiones ni escoger), eso sí, sabiendo lo que es luchar por conseguir algo hasta un extremo casi patológico. En parte han sido estos niños, que después siendo padres, han querido dar todo lo opuesto a sus hijos. Estas nuevas generaciones lo han tenido todo, sin esfuerzo alguno, ya están los padres para allanarles el camino, para ser sus esclavos cuando y como el hijo lo necesite. Para eso son los padres.

Haciendo un inciso, siempre decimos, escuchamos o leemos en las redes eso de “A mí, mi padre de daba buenos azotes cuando me lo merecía y tampoco estoy tan mal”, o “En mi casa se hacía lo que decía mi padre y punto. Y mira qué bien estamos todos. No como ahora, que el niño manda en casa”. Y probablemente no están “para llevar camisa de fuerza”, pero sí hay muchos miedos e inseguridades que ahora les hacen actuar de determinada manera, con “temor” a enfrentarse a los hijos, a decirles que NO, con ganas de dárselo todo, no como lo vivieron ellos, que casi nunca podían tener lo que querían o para conseguirlo tenían que hacer un esfuerzo estratosférico.

FrustraciónFoto de Fairuz Othman cortesía de Flicr

Y, entonces ¿qué debemos hacer? Como siempre, en el término medio está la virtud.  Ayudemos a nuestros hijos a gestionar las frustraciones, siempre desde el cariño y el amor incondicional, pero con unas pautas:

  1. Recuerda que eres su espejo. Lo que tú hagas, tu hijo lo repetirá. Por esto, trata de reconocerte en determinadas situaciones. ¿Te frustras con frecuencia? ¿Te cuesta tolerar algunas situaciones, cuando no salen las cosas como esperabas? Si es así, trata de conocerte más y trabajar estos puntos de mejora. Puedes hacerlo leyendo libros de autoayuda, con la información que hay en las redes o, si esto no funciona, con ayuda profesional de un psicólogo, si crees que esto de verdad supone un problema para ti. No pretendas que tu hijo no tenga enfados desproporcionados o pataletas, si tú también los tienes, como adulto.
  2. Enséñales, con TU ejemplo, y en su día a día, que las cosas se consiguen con esfuerzo. Si les ayudamos en todo, o más bien se lo hacemos o conseguimos, no podrán darle el valor adecuado a las cosas tienen. El día que no les puedas ayudar o les digas que no y ellos no sean capaces de hacerlo (nunca necesitaron hacerlo antes) no podrán entenderlo, y se comportarán de manera desproporcionada.
  3. El esfuerzo debe ir de la mano de la perseverancia. A menudo para conseguir lo que queremos tenemos que intentarlo varias veces. Hay que equivocarse y volver a intentarlo; con TU ejemplo, y en su día a día, déjales que se equivoquen, felicítales por errar y volver a intentarlo. Y haz lo mismo contigo. No te mandes mensajes, y menos los digas en voz alta, diciendo lo tonto que eres por no haber hecho esto o lo otro. Reconoce tu error y lucha por mejorarlo o hacerlo de otra manera en la próxima oportunidad. Es desde el error desde donde mejor se aprende.
  4. Proponle tareas que estén acordes a su edad o capacidad. Si le das juegos que no puede entender, o le propones subirse a sitios que no va a poder llegar solo, la frustración será la consecuencia, y de ahí no podrá aprender nada ya que será difícil superar esos retos inalcanzables. Se quedará con la idea de que siempre va a necesitar de otros para conseguir las cosas.
  5. Cuando creas que tienes que decir NO a tus hijos, porque es por su bien, su seguridad, etc., mantenlo. Hazlo desde la empatía, entiende cómo debe sentirse, y díselo. “Debes estar muy enfadado/disgustado/decepcionado… porque no te ayudo a subir a lo alto de la estantería, y es normal que te disgustes, pero creo que es peligroso para ti, y mamá no puede hacer cosas que te pongan en peligro ”. Pon en palabras lo que debe estar sintiendo y hazle ver que es comprensible, pero a veces no se puede tener todo lo que uno quiere. El “No te subo ahí arriba porque yo lo digo” no le va a ayudar a aprender a gestionarlo. Permanece a su lado y bríndale el volver a explicárselo las veces que necesite. Si finalmente, ante situaciones incluso de riesgo, terminas cediendo, aprenderá que tras “montar el número”, acaba consiguiéndolo.
  6. Valora cuándo debes decir NO. Si continuamente le dices que NO a cientos de cosas, la frustración será excesiva, y terminará por no aprender a hacer nada, y a creer que nunca puede decidir cosas. Dale esa capacidad de decisión en pequeñas cosas, que le reducirán esa frustración y aumentarán su autoestima y seguridad en sí mismo. Por ejemplo: Escoger la ropa que se va a poner; cuando se pueda, escoger entre dos comidas que ya estén casi preparadas; o en los restaurantes, darles varias opciones para que escoja…

Como veis, siempre hay un virtuoso término medio con el que enfrentarnos a las situaciones. Dejemos el autoritarismo a un lado, y olvidemos  también la permisividad que dan ahora los padres que un día siendo niños no pudieron escoger ni decidir. Para esto hay que conocerse muy bien, mirar para dentro, aceptarnos sin sentir culpabilidad y querer cambiar cosas.

Elena Rubio

enealogo

 

Muchísimas gracias Elena por su excelente colaboración, ¡como siempre!

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